El culto de la belleza y la cultura miss

Mariam-Habach-10

Es innegable que Venezuela tiene muchos problemas, de carácter económico, político, socio-cultural y organizativo, unos de mayor o menor envergadura; sin embargo, la verdadera pobreza que invade a nuestro país es aquella de carácter ideológico, cultural, discursivo y argumentativo. La sociopatía que con mayor fuerza nos aqueja es sin duda el desinterés por comprender nuestra realidad y la voluntad de transformarla, pero sobre todo, el precario y tergiversado sistema de valores de nuestra sociedad.

 

Vivimos en una país profundamente obsesionado con la belleza, pero no cualquiera sino la belleza canónica, europeizada, construida por los medios de comunicación, la industria de la moda, fílmica, musical y pornográfica; reforzada por la multimillonaria industria estética que vende inconformidad a través de la publicidad, pero también “soluciones” para modificar eso que no encaja con la expectativa social de “lo bello”. En nuestro país existe una preocupante y exacerbada idolatría por la “cultura miss”, en el que se sobre-estimula a las mujeres a responder al estereotipo impuesto por Osmel Sousa, el cual además es considerado el principal y más importante criterio para la construcción de la feminidad.

 

De acuerdo a ello, es posible afirmar que tenemos un sistema de valores errado cuando todo un país se emociona con la participación de una compatriota en un concurso de belleza, pero no cuando una coterránea representa al país y obtiene logros académicos, científicos, artísticos y deportivos, los cuales son apenas brevemente reseñados y conocidos, pasando la más de las veces “por debajo de la mesa”. Detentamos un sistema de valores viciado cuando el imaginario colectivo entra en pánico y se indigna porque su candidata no ha sido seleccionada entre las finalistas, pero que no se indigna ante los altos índices de violencia que viven las mujeres a razón de su género, ante la violencia simbólica y mediática, menos aún ante las violaciones y el acoso al que las mujeres están expuestas porque se les ha cosificado; por el contrario, estas violencias son continuamente justificadas, pese a que en dicha cosificación y sexualización los concursos de belleza que tanto le gustan al público venezolano han tenido gran influencia.

 

Nos encontramos ante una ética difusa cuando se celebra de manera eufórica que Miss Venezuela haya ganado como “mejor cuerpo” y “mejor piel”, sin cuestionar que en esos concursos las mujeres son expuestas como pedazos de carne en una carnicería, exhibidas, pesadas y cortadas para su consumo. Estamos ante un sistema de valores invertido cuando todo un país recurre a los distintos espacios de comunicación y difusión para denunciar que “nos robaron la corona” porque la “representante de belleza” de nuestro país no fue elegida como la mujer más bella del universo; pero esos mismos espacios ni remotamente son utilizados para  denunciar que dichos concursos, los imaginarios de los medios, la industria de la belleza, y la publicidad te acomplejan, a ti, a tus hijas, hermanas, novia, esposa y hasta a tu mamá. No se recurre a los medios de comunicación ni a las redes sociales para rechazar cuando estos concursos hacen sentir a las mujeres insatisfechas e inconformes con sus cuerpos, llevándolas a padecer trastornos alimenticios, dismórficos corporales, así como, a someterse a cirugías invasivas y procedimientos estéticos inseguros para responder a esos criterios de belleza ficticios y socialmente construidos.

 

Estos hechos en su conjunto ponen en evidencia que Venezuela es una sociedad obsesionada con la belleza, con un culto excesivo y patológico por la apariencia, donde el cuerpo, la imagen y el qué dirán, continúan determinando y condicionando nuestro ser y que hacer. Una sociedad superficial y mediatizada, donde las mujeres solo poseen valor como sujetos sexuados, consideradas mercancías, producto de exhibición y exportación; el país de las “mujeres más bellas”, que continúa alimentando imaginarios y el mercado patriarcal del consumo de los cuerpos.

 

Esther Pineda G

Publicado en Contrapunto, Caracas, Febrero 2017