El racismo como estigma

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En la sociedad contemporánea todo aquel que no forme parte del grupo de los hombres, blancos, heterosexuales y poseedores de recursos, se encontrará bajo la mirada evaluadora y calificadora de la expectativa social. Es en este contexto que es posible afirmar que la percepción del “otro” como diferente va a detonar reacciones que estarán determinadas por los procesos de socialización de cada individuo y que al mismo tiempo crearán las condiciones para la emergencia del estigma.

 

Este estigma como bien afirmase el sociólogo Erving Goffman, puede definirse como “un atributo que vuelve al sujeto diferente de los demás (dentro de la categoría de personas a la que él tiene acceso) y lo convierte en alguien menos apetecible –en casos extremos, en una persona casi enteramente malvada, peligrosa o débil-. De este modo, dejamos de verlo como una personal total y corriente para reducirlo a un ser inficionado y menospreciado. Un atributo de esa naturaleza es un estigma, en especial cuando él produce en los demás, a modo de efecto, un descrédito amplio; a veces recibe también el nombre de defecto, falla o desventaja”.

 

Desde esta perspectiva existirán dos tipos de sujetos vulnerables al estigma, el “desacreditable”, es decir, aquel cuya condición de diferente no es conocida por quienes lo rodean ni inmediatamente perceptible, por ejemplo el homosexual; y el “desacreditado”, cuya calidad de diferente ya es conocida y resulta evidente en el acto. En esta última categoría se inscribe el racismo pues la condición de diferente del afroamericano o el indígena por su pertenencia étnica se constituye como ineludible e inocultable; este hecho lo coloca de forma inmediata y permanente bajo la posibilidad de ser estigmatizado.

 

No obstante, este proceso de estigmatización no es unidireccional, por el contrario, -y como es de esperar- también va a generar reacciones sobre el sujeto estigmatizado. Una de estas reacciones puede ser el la aceptación del estigma, es decir, la conciencia de ser un sujeto estigmatizado, discriminado, pero pese a lo cual como señalase Goffman mantiene  “la sensación de ser una «persona normal», un ser humano como cualquier otro, pero sin perder de vista que los otros por su condición de racializado no lo «aceptan» realmente ni están dispuestos a establecer un contacto con él en «igualdad de condiciones»”.

 

Otra de las reacciones será la vergüenza del estigma, la cual se origina cuando el individuo percibe uno de sus atributos como una posesión impura de la que fácilmente puede imaginarse exento. Es probable que el individuo pueda llegar a odiar y denigrar a su grupo étnico y a sí mismo cuando está solo frente a un espejo; por ejemplo cuando una persona afroamericana opta por desrizar su cabello, aclarar su piel, operar su nariz u otros rasgos físicos que hagan referencia a su herencia africana, conducta que es posible categorizar como endorracismo.

 

Pero el estigma, -en este caso el estigma racial- también puede ser un medio para la transformación social, pues otra de las reacciones del sujeto estigmatizado -como mecanismo de resistencia frente al estigma mismo-, puede ser la profesionalización del estigma. En este caso, el sujeto estigmatizado por su condición de racialidad puede colocar su profesión al servicio del grupo estigmatizado, es decir, hacer uso de sus conocimientos y experiencias para contribuir a desarticular, erradicar o al menos minimizar el estigma en cuestión y la discriminación contra su grupo.

 

¿Ahora bien, ante el fenómeno de la discriminación y el estigma que muchos hemos experimentado -en las múltiples y diversas formas y manifestaciones que cobra en nuestra sociedad- que actitud tomamos? ¿La aceptamos, la reproducimos o la transformamos?

 

Esther Pineda G

Publicado en Contrapunto, Caracas, Enero 2016