¿Venezuela racista o racismo a la inversa?

Uno de los efectos de la emergencia de las redes sociales es que queriéndolo o no, nos hemos convertido de forma indiferenciada en exhibicionistas y voyeristas; exponemos nuestras vidas en las redes sociales -o al menos parte de ella-, al mismo tiempo que espiamos la vida, preferencias, conversaciones, conflictos y confrontaciones de los otros, pues están ahí, a la vista de todos, invocando además a ser desentrañados, invitándonos a participar en la orgia mediática de la modernidad.

 

Fue en esta dinámica que hace algunos días llegue a una extensa discusión en Facebook, suscitada tras la consulta de una apreciada columnista a sus amigos sobre la existencia o no del racismo en la sociedad venezolana. Lo primero que fue posible evidenciar en dicha consulta fue la rápida respuesta de una cantidad importante de personas quienes rápidamente afirmaban que en Venezuela no existe racismo, discurso que el venezolano repite de forma insistente, vehemente, e incluso desesperada y violenta ante la sola interrogante, presunción o asomo del racismo; tema que siempre desata controversias y enciende de inmediato las alarmas, que agrede y hiere en su fibra más profunda el espíritu “¿cheverito?” de los venezolanos; generando un malestar e ímpetu exacerbado en su defensa a ultranza que desde sus inicios ya la hace sospechosa.

 

Un segundo grupo de personas, principalmente aquellos de herencia étnica afrodescendiente o indígena notoria hicieron referencia a algunas experiencias directas de discriminación de las que fueron víctimas en alguna oportunidad, o de las que tuvieron conocimiento fueron sufridas por alguna persona conocida. No faltaron aquellos que pese a poseer una herencia étnica tradicionalmente estigmatizada y estereotipada afirmaron que en la sociedad venezolana no existe el racismo, no haber experimentado discriminación alguna a lo largo de su vida, y menos aún poseer “complejos” o “resentimientos” por el color de su piel, -aclaratoria por demás innecesaria que parecía buscar ganar simpatías entre los detractores de este tema-.

 

Otros por su parte enfatizaron su rechazo a categorías como “afrodescendiente” considerada desde esta perspectiva un “invento del chavismo”; haciendo gala de la tradicional tendencia del venezolano a la emisión de opiniones de forma apriorística, y desconociendo que la categoría “afrodescendiente” fue introducida en el año 2011 en la Declaración y Programa de Acción de Durban, durante la celebración de la Tercera Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y Formas Conexas de Intolerancia. Es dicho escenario se reconoció como grupo étnico específico sujetos de derecho internacional a todas aquellas persona de origen africano que viven en las Américas y en todas zonas de la diáspora africana por consecuencia de la esclavitud, habiéndoseles denegado históricamente el ejercicio de sus derechos fundamentales.

 

No obstante, llamaría particularmente mi atención la cantidad de personas que comentaban haber sido víctimas de racismo por ser eurodescendientes, blancas, rubias, pelirojas, afirmando haber sido discriminadas mediante miradas, comentarios e incluso agresiones físicas por parecer -desde el imaginario social- extranjeros. No desestimaré aquí la importancia de estas experiencias concretas, pues como toda vulneración debe ser visibilizada, evitada, atendida y sancionada, sin embargo, dichas experiencias relatadas a las que les fue atribuida la denominación de “racismo inverso” no pueden ser calificadas como tal.

 

Se hace necesario comprender que el racismo es un sistema de dominación social, estructural, político, económico, cultural y discursivo constituido sobre la idea de la inferioridad del “otro” por su pertenencia étnica, inferiorización que ha servido a lo largo de la historia para la negación y vulneración de derechos, la violencia sistemática y repetida, la exclusión de los múltiples y diversos espacios de poder y sociabilidad, así como, el menoscabo y aniquilación simbólica de su identidad. El racismo se define entonces como un fenómeno ideológico (Campbell 2003), expresado en la creencia de que ciertos individuos son superiores o inferiores a otros en virtud de estas diferencias raciales (Giddens 2000), constituido por prácticas sociales discriminatorias y relaciones de abuso de poder (Van Dijk 2001), que se realiza:

 

  • Según Berghe (1967) mediante la segregación, es decir, cuando a los distintos grupos étnicos o raciales les es impuesta la separación física, ideológica y social en los diferentes ámbitos de la vida; y cuyas experiencias más conocidas son las Leyes de Jim Crow en los Estados Unidos de Norteamérica, Las Leyes de Núremberg en la Alemania nazi, y el Apartheid afrikáner en Sudáfrica.

 

  • Según Oskamp (1991) a través de leyes y regulaciones formales que perjudican, restringen y coartan sus posibilidades de desarrollo.

 

  • Según Van Dijk (1988) en estrategias generalizadas, indirectas y sutiles, a través de símbolos ideológicos y conductas simbólicas, pero sobre todo como afirma Rita Segato (2003) mediante valores y creencias que atribuyen predicados negativos a las personas por su pertenencia étnica; incontables gestos microscópicos y rutinarios de discriminación, aunado a la aceptación, naturalización y cotidianización del maltrato moral, que tiene como propósito la desmoralización cotidiana de los histórica y socialmente minorizados. Es esta última la forma de discriminación racial predominante en la sociedad latinoamericana y particularmente venezolana.

 

De acuerdo a ello, es posible afirmar que, así como no existe el “hembrismo” como forma de dominación social de los hombres por parte de las mujeres, ni la “heterofobia” como sistema social de discriminación y persecución de la población heterosexual por parte de la comunidad LGBTI; también es posible afirmar que el “racismo inverso” no existe, pues la población eurodescendiente como totalidad en ninguna experiencia histórica ha sido considerada inferior, ni sometida al dominio, exclusión y subordinación por su herencia étnica.

 

Pero pese a las resistencias que aún encontramos para reconocerlo, la realidad es que la sociedad venezolana es sin dudas clasista, sexista, racista, xenofóbica, homo-lesbo-bi-trans-fóbica, entre otras formas de discriminación que conviven, se articulan, fortalecen en nuestro entramado social, y cuya negación no las hará desaparecer. Que usted estimado lector no sea capaz de reconocer las distintas formas de desigualdad y discriminación que persisten en nuestra sociedad, es sin duda una evidencia del carácter egocéntrico de nuestra contemporaneidad, de la incapacidad de percibir lo que no nos afecta u oprime, es una muestra de nuestra incapacidad de empatía social; pero sobre todo, pone de manifiesto la necesidad del tradicional e histórico sistema de dominación ejercido por el hombre, blanco, heterosexual y poseedor de recursos, de apropiarse y desarticular toda expresión de resistencia y cuestionamiento del sistema que lo mantiene.

 

Esther Pineda G.

Publicado en Contrapunto, Caracas, Enero 2017.