La violencia sexual en el cine

Desde sus inicios la industria cinematográfica se ha caracterizado por el empleo de la imagen de la mujer como bien de intercambio, como producto para la colocación y venta de productos y servicios, para la creación de deseos y necesidades ficticias, para la cuidadosa elaboración de realidades alternas que al ser constantemente repetidas han pasado a formar parte de los imaginarios colectivos de generaciones enteras. No obstante, esta presencia de las mujeres en las pantallas de los cines ha estado cargada de diversas formas de violencia sexual ejercida principalmente por parte de directores, productores, editores, managers, actores y otros personajes influyentes de la industria; ya sea mediante la seducción, el engaño, la persuasión y el chantaje que permitieran la obtención de favores sexuales, pero  también mediante la puesta en práctica de formas de violencia psicológica y física que garantizaran la coacción y supeditación sexual no deseada de las mujeres.

 

Este hecho ha sido denunciado por actrices de distintos géneros cinematográficos durante décadas, sin embargo, ha vuelto a formar parte de las discusiones por la reciente circulación de una entrevista a Bernardo Bertolucci en 2013 quien confiesa que la polémica escena de violación perpetrada por Marlon Brando en la película El último tango en París no fue consensuada con la joven actriz María Schneider, afirmando: “La escena llamada ʺde la mantequillaʺ es una idea que tuve con Marlon esa mañana antes de filmarla, pero me porté de una manera horrible con María, porque no le dije lo que iba a suceder. Porque quería su reacción como niña no como actriz. Quería que reaccionara al acto de humillación, que sintiera los gritos”.

 

Al respecto la audiencia se ha pronunciado, -vergonzosamente- muchos desestimando la importancia de este hecho y la violencia de la cual fue víctima la actriz, al afirmar que no puede ser catalogada como violencia sexual o violación porque -de acuerdo a las conjeturas- no hubo penetración. No obstante, lo preocupante de estas concepciones es que socialmente el cuerpo de las mujeres posee tan poco valor que se considera puede hacerse con ellas cualquier cosa; violentarlas de todas las maneras posibles, vulnerarlas, transgredirlas, abusarlas, incluso intervenirlas en su genitalidad por cualquier instrumento o dispositivo pues, mientras esa penetración “comprobada” y no consensuada sea realizada  por el falo masculino no es considerada una violación.

 

No obstante, estas formas de violencia, humillación y acoso sexual también se han hecho recurrentes en la industria del cine pornográfico. Linda Lovelace conocida por Garganta profunda, denunció en su autobiografía Ordalía que la película se grabó bajo coacción; las ex actrices Shelley Lubben y Elizabeth Rollings también denunciaron haber sido violadas masivamente durante grabaciones  pese a haber pedido a sus compañeros que se detuvieran. A estas se suman las declaraciones de la actriz porno Nikki Benz quien recientemente denunció en las redes sociales que fue violada durante la filmación de una película para el portal Brazzers: “el director mismo me puso las manos encima y me ahorcó. Nunca en un millón de años pensé que Brazzers lo permitiría. Nunca debe haber bullying, violaciones y violencia en el set. No, significa no, en cámara y fuera de cámara. ¡Sólo NO!”.

 

Estos hechos ponen en evidencia que en la actualidad las mujeres en la industria cinematográfica siguen siendo tan vulnerables como en el pasado; víctimas de la industria del cine cuando son acosadas y violentadas sexualmente durante las grabaciones, pero también víctimas de la industria cuando en los productos cinematográficos se les cosifica, cuando se naturaliza, permisa y fomenta la cultura de la violación.

 

Esther Pineda G

Publicado en  La Red 21, Montevideo, Diciembre 2016.