Misoginia de Estado: brutalidad policial y políticas represivas de seguridad

Uno de los núcleos centrales de los estudios de género y de los movimientos feministas ha sido durante años la violencia contra la mujer; entre estas la violencia verbal, psicológica, sexual y física ejercida por los hombres contra las mujeres, así como, su expresión extrema en el femicidio. A ello se suma la denuncia de la violencia ejercida por las instituciones de justicia y la revictimización de las mujeres que acuden a ellas para denunciar las múltiples, repetidas y sistemáticas formas de victimización a las que han sido sometidas. No obstante, un tema que ha sido desatendido por los estudios de género y el movimiento feminista ha sido aquella violencia contra la mujer ejercida por el Estado, un Estado patriarcal, androcéntrico y en algunos casos misógino, cuya violencia se ejerce principalmente a través de la vulneración de los derechos humanos por parte de los cuerpos de seguridad y la brutalidad policial.

 

Este hecho no es casual, en una sociedad patriarcal donde los hombres en efecto constituyen la mayor parte de las víctimas mortales -pero también de los victimarios-, estos sucesos suelen monopolizar la atención de la opinión pública y de los medios de comunicación; por su parte, los casos donde las víctimas son mujeres tienden a ser ignorados, desestimados y minimizados, al ser considerados insignificantes estadísticamente. Esta situación contribuye a naturalizar y por tanto profundizar esta realidad, promover su ocurrencia y favorecer los altos índices de impunidad.

 

Los medios de gran audiencia dan poca cobertura a estos casos, la mayoría nunca son visibilizados, situación que se profundiza cuando la víctima es una mujer afroamericana o latina; motivo por el cual se mantiene vigente la matriz de opinión de que las mujeres no son víctimas de la brutalidad policial ni de los racial profiling. No obstante, en el caso de Estados Unidos, de acuerdo a las estadísticas sistematizadas por The Guardian en el año 2015, de 1146 personas asesinadas por la policía 52 eran mujeres 4,5%, mientras que The Washington Post registró 991 asesinatos perpetrados por agentes policiales de los cuales 42 eran mujeres, es decir 4,2% del total de las víctimas. Durante el año 2016 según The Guardian las victimas mujeres a manos de la policía ascendieron a 5,6%, y de acuerdo a los registros de The Washington Post estas fueron el 4,1% de las personas victimizadas a manos de la policía. Las cifras de The Guardian para 2015 también indican que el 82,6% de las mujeres asesinadas por la policía fue producto de disparos, mientras que en 2016 The Guardian pone en evidencia que la forma de muerte más frecuente sigue siendo por disparo con el 77,4% de los casos.

 

Pero además de la brutalidad policial, las mujeres con frecuencia también son víctimas de abusos, violencia física, violencia sexual e incluso asesinatos en custodia, motivo por el cual se propusieron las Reglas de Bangkok, -documento normativo de la Organización de Naciones Unidas (ONU) creado en 2010 para el tratamiento de las reclusas y medidas no privativas de la libertad para las mujeres delincuentes-, en el cual se presentan 70 lineamientos o reglas mínimas para la protección de todas las personas sometidas a cualquier forma de detención o prisión y garantizar sus derechos en los sistemas penitenciarios.

 

Pese a ello, estos crímenes contra las mujeres privadas de libertad continúan siendo frecuentes a nivel mundial, así lo pone de manifiesto el informe Sobrevivir a la muerte: Tortura de mujeres por policías y fuerza armada en México, publicado en 2016 por Amnistía Internacional. Este informe ha fomentado la discusión de una realidad social con frecuencia invisibilizada, como lo es la tortura, los malos tratos y la violencia sexual infringida por la policía y las fuerzas armadas mexicanas contra las mujeres durante arrestos e interrogatorios.

 

Esta se ha convertido en una práctica habitual para la obtención de confesiones reales o ficticias en la denominada “guerra contra el narcotráfico”, como un mecanismo para aumentar las cifras de detenciones y demostrar a la sociedad que los esfuerzos del gobierno en materia de seguridad dan resultado. Entre las formas de victimización experimentadas por estas mujeres destacan: “fuertes golpes en el estómago, la cabeza y los oídos, amenazas de violación contra las mujeres y sus familias, semiasfixia, descargas eléctricas en los genitales, manoseo de los pechos y pellizcos en los pezones, violación con objetos, con los dedos, con armas de fuego y con el pene”.

 

Ahora, -aunque en menor medida con respecto a las cifras de hombres victimizados-, a estos hechos también se suman las formas de violencia de las que son víctimas las mujeres por parte de los órganos de seguridad durante la aplicación de las políticas represivas de los Estados, instauradas como estrategias para reducir los índices de delincuencia, en las cuales se hacen frecuentes las detenciones arbitrarias, el uso excesivo de la fuerza y las ejecuciones extrajudiciales; las cuales además suelen ser encubiertas bajo el argumento de los presuntos enfrentamientos armados. Estas prácticas aunque son consideradas por muchos como hechos del pasado continúan están presentes en las sociedades latinoamericanas, entre estas es posible considerar la militarización de la seguridad en Brasil, las operaciones de liberación humanista del pueblo (OLHP) en Venezuela, o  el denominado “gatillo fácil” en Argentina.

 

No obstante, estas prácticas no solo son comunes en América Latina, por el contrario, forman parte de las estrategias represivas misóginas de los Estados a nivel mundial. Así ha quedado en evidencia con las recientes declaraciones del presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, quien durante un discurso público, al referirse a las mujeres que combaten del lado de los rebeldes, giró instrucciones a las tropas oficiales: “No vamos a matarlas, solo les dispararemos en la vagina”. Este hecho ejemplifica lo que ya ha sido expuesto en distintas oportunidades por la experta Rita Segato: “la rapiña que se desata hoy sobre lo femenino se manifiesta en formas de destrucción corporal sin precedentes”, las cuales persiguen “su destrucción con exceso de crueldad, su expoliación hasta el último vestigio de vida, su tortura hasta la muerte”.

 

Esther Pineda G.

Publicado en La Red 21, Montevideo, Marzo 2018.

Publicado en VOCES Diario digital, San Salvador, Marzo 2018.