Violencia moral: La inferiorización silenciosa

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Uno de los aspectos que ha dificultado la prevención, atención y erradicación de la violencia contra la mujer es su consideración como un hecho aislado y no como un fenómeno social estructural. Es frecuente escuchar conversaciones en los diferentes espacios, incluso por parte de los funcionarios que deben atender estos casos en las instancias de competencia, hacer afirmaciones en las que se patologiza al agresor (es un loco, un enfermo, tiene problemas de consumo de alcohol o drogas, perdió el control), pero también en las que se descalifica y responsabiliza a la víctima (hay mujeres que les gusta el maltrato, es masoquista, ella no se respeta, no tiene autoestima); obviando todo la estructura social, el proceso de socialización y las presiones ejercidas por el entorno que contribuyen a la ocurrencia y mantenimiento de estas formas de violencia.

 

Pero otro de los elementos que ha limitado las posibilidades de actuación ante esta violencia es la creencia de que la violencia contra la mujer es exclusivamente física, que algo habrán hecho para propiciar esos escenarios de violencia, y la seguridad de que “eso” es algo que no te puede pasar a ti. Sin embargo, la violencia tiene múltiples y diversas manifestaciones en la vida cotidiana, cobrando cada vez más fuerza aquellas expresiones no visibles o notorias en primera instancia, lo cual facilita su penetración en la vida social, constituyéndose como formas más difíciles de demostrar y penalizar aunque se encuentren tipificadas.

 

Afirma Rita Segato en su libro Las estructuras elementales de la violencia que: “mientras las consecuencias de la violencia física son generalmente evidentes y denunciables, las consecuencias de la violencia moral no lo son. Es por esto que, a pesar del sufrimiento y del daño evidente que la violencia física causa a sus víctimas, ella no constituye la forma más eficiente ni la más habitual de reducir la autoestima, minar la autoconfianza y desestabilizar la autonomía de las mujeres. La violencia moral, por su invisibilidad y capilaridad, es la forma corriente y eficaz de subordinación y opresión femenina, socialmente aceptada y validada. De difícil percepción y representación por manifestarse casi siempre solapadamente, confundida en el contexto de relaciones aparentemente afectuosas. Entran aquí la ridiculización, la coacción moral, la sospecha, la intimidación, la condenación de la sexualidad, la desvalorización cotidiana de la mujer como persona, de su personalidad y sus trazos psicológicos, de su cuerpo, de sus capacidades intelectuales, de su trabajo, de su valor moral. Y es importante enfatizar que este tipo de violencia puede muchas veces ocurrir sin ninguna agresión verbal, manifestándose exclusivamente con gestos, actitudes, miradas”.

 

No obstante, si bien las mujeres son las principales víctimas de esta forma de violencia, también es cierto que se hará presente en las relaciones lésbicas y homosexuales; principalmente en aquellas en las que se han asumido patrones conductuales y roles que emulan la organización heterosexual, reproduciendo la consecuente subalternización patriarcal de lo femenino. En este contexto, según Segato, las manifestaciones más comunes de la violencia moral son:

 

  • El control económico: la coacción y el cercenamiento de la libertad por la dependencia económica.

 

  • El control de la sociabilidad: cercenamiento de las relaciones personales por medio de chantaje afectivo como, por ejemplo, obstaculizar relaciones con amigos y familiares.

 

  • El control de la movilidad: cercenamiento de la libertad de circular, salir de casa o frecuentar determinados espacios.

 

  • El menosprecio moral: utilización de términos de acusación o sospecha, velados o explícitos, que implican la atribución de intención inmoral por medio de insultos o de bromas, así como exigencias que inhiben la libertad de elegir vestuario o maquillaje.

 

  • El menosprecio estético: humillación por la apariencia física.

 

  • El menosprecio sexual: rechazo o actitud irrespetuosa hacia el deseo femenino o, alternativamente, acusación de frigidez o ineptitud sexual.

 

  • La descalificación intelectual: depreciación de la capacidad intelectual de la mujer mediante la imposición de restricciones a su discurso.

 

  • La descalificación profesional: atribución explicita de capacidad inferior y falta de confiabilidad.

 

¿Y usted, ha sido víctima de la violencia moral? Piense con detenimiento, quizá aún no se ha dado cuenta.

 

Esther Pineda G

Publicado en Contrapunto, Caracas, Agosto 2016