¿Víctimas o victimarios? Huelepega reloaded

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Hace algunos días la noticia del presunto homicidio de dos guardias nacionales -fuera de servicio- en el boulevard de Sabana Grande a manos de varios menores de edad, conmocionó la opinión pública. Algunas hipótesis apuntan a que estos funcionarios castrenses intentaron abusar de la adolescente de 15 años ante lo cual los demás reaccionaron; mientras que otras teorías afirman que los guardias fueron salvajemente atacados en un festín de sangre y puñaladas al mejor estilo de la taquillera trilogía cinematográfica la purga.

 

No voy a detenerme en hacer conjeturas sobre el tan ansiado –por los lectores- móvil del crimen, en primer lugar porque no me corresponde, no soy experta en el área, pero además, porque supondría una falta de ética como la hemos evidenciado en muchos periodistas y opinólogos -como bien los ha denominado el criminólogo Keymer Ávila-, quienes en el afán por obtener un clic y la viralización de sus contenidos han sucumbido al sensacionalismo, la espectacularidad, el relato manipulado, la crónica enrarecida con la tan consumida ficción, el morbo, la exposición gráfica de las victimas contribuyendo a la revictimización, así como, a la culpabilización y condena apriorística de los involucrados.

 

No obstante me preocupa el tratamiento que se le ha dado al caso y los discursos que en torno a él se han construido. Hay quienes de manera violenta a través de las redes sociales han pedido la pena de muerte para estos menores por su condición de “irrecuperables”, algunos afirman que no puede respetárseles sus derechos humanos pues los criminales no respetan los derechos humanos de los demás; otros sueñan con el exterminio de las clases sociales más deprimidas pues –desde su perspectiva- son la causa de la descomposición y deterioro de la sociedad, al mismo tiempo que exigen la esterilización masiva de las mujeres de bajos recursos para evitar la propagación de los males que según solo la pobreza engendra. Muchos piden más libertades en cuanto a las acciones de los cuerpos de seguridad para controlar a los “pequeños delincuentes”, otros por su parte reprochan la “laxitud” de la Ley Orgánica de Protección del Niño, Niña y el Adolescente (LOPNNA), y rechazan que todo menor de 14 años no pueda ser imputado por la comisión de hechos tipificados como delitos o faltas en el Código Penal o las leyes penales especiales, hecho por lo cual algunos autodenominados expertos lideran el llamado a realizar reformas legislativas para disminuir la edad de imputabilidad.

 

Pero no podemos obviar aquellos que ante la ocurrencia de este suceso han reaccionado con sorpresa, perdiéndose en el discurso romántico e idílico de la Venezuela de antaño, espetando con incredulidad que en nuestro país no existían niños en situación de calle y el carácter inédito del hecho ocurrido. Sin embargo, ante estas reacciones solo es posible afirmar que en Venezuela prevalece la amnesia selectiva pues, la década de los 80 y los 90 se caracterizó por los altos índices de personas adultas y niños en situación de calle. Los mal llamados “niños de la calle” fueron la inspiración de miles de proyectos de bachillerato y malas tesis de pregrado como último recurso de quienes no podían encontrar un tema de investigación y se decantaban por la “vieja confiable” lógica asistencialista. Pero además motivó la conocida película venezolana “Huelepega: Ley de la calle” estrenada en 1999 y el soudtrack de Sandy & Papo en el que se escuchaba “camina por las calles del mundo, como si fuera un vagabundo, corriendo a mil por segundo”.

 

Empero, más allá de la indignación y la consternación que recae sobre los involucrados, los móviles elaborados, el amarillismo y la negación de un problema social pluricausal y multifactorial, ¿Existe una preocupación colectiva por las condiciones estructurales que han favorecido la reemergencia de la situación de calle de niños pero también de adultos en Venezuela? ¿Tienen interés los especialistas en trascender el inmediatismo de los titulares, los 5 minutos de fama y profundizar en las causas de este lamentable fenómeno, la pauperización de la población, la criminalización de la pobreza, la violencia policial en los sectores populares, la precarización de la existencia, las causas de la deserción escolar y los malos tratos que los llevan a huir o a ser expulsados de sus hogares? ¿Tienen los condenadores de oficio interés en develar la violencia de la que niños, niñas y adolescentes son víctimas en las calles por parte de cuerpos de seguridad y de la población en general? ¿Piensan los especuladores por excelencia en las mafias, las redes de prostitución y trata de las cuales han sido obligados a formar parte estos menores de edad? ¿Los negadores perpetuos han interpelado la progresiva desaparición, reducción o a la perdida de efectividad de las políticas públicas e instancias de atención dirigidas a la población en situación de calle? Seguimos concentrándonos en las consecuencias y negándonos a mirar las causas, mientras tanto –como en un déjà vu– niños, niñas y adolescentes continúan en las calles siendo “huele pega porque no hay güiro”.

 

Esther Pineda G

Publicado en Contrapunto, Caracas, Marzo 2017