Frases de Mario Benedetti para quienes buscan una tregua

La obra de Mario Benedetti  ha logrado conmover de una forma excepcional a todo el que la lee; su poesía ha sido un medio para la reflexión política, para el cuestionamiento de los privilegios, y para el disfrute a través de la contemplación o la recitación de la vida misma; nos ha acompañado en la alegría del amor, pero también ha dado consuelo en los momentos más oscuros y agónicos del desamor. Sin embargo, la lectura de la novela “La Tregua”, publicada en 1959, significa un torbellino de emociones, una bocanada de aire puro, un voto de confianza, podría decirse incluso, la recuperación de la fe. No obstante, al igual que para su protagonista Martín Santomé, esta historia, en palabras del propio Benedetti, “fue una hecatombe de esperanzas, un derrumbe de algún modo previsto”.

 

A continuación, compartimos con ustedes una selección de las mejores frases de Benedetti y  de esta novela, que si no la has leído, sin duda hará que salgas inmediatamente a conseguirla. Por el contrario, si ya lo has hecho, recordarás y volverás a sentir las palabras correr por tu piel y alma:

 

“Un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría”.

 

“Se empecinó en reconstruirme pormenores, en convencerme de que había participado en mi vida”.

 

“A veces hacíamos cuentas. Nunca alcanzaba. Acaso mirábamos demasiado los números, las sumas, las restas, y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros”.

 

“A veces me siento desdichada, nada más que de no saber qué es lo que estoy echando de menos”.

 

“¿A quién no le atrae el propio pasado?”.

 

“A veces pienso que haré cuando toda mi vida sea domingo”.

 

“Puedo volver a sentir en mis manos, todas las veces que lo necesite, el tacto particular de su cintura, de su vientre, de sus pantorrillas, de sus senos”.

 

“Si alguna vez el odio nos tentaba y empezábamos a apretar los labios, nos cruzaba por los ojos el aliciente de la noche, pasada o futura, y entonces, inevitablemente, nos envolvía una oleada de ternura que aplacaba todo brote de rencor”.

 

“¿Estaré reseco? Sentimentalmente, digo”.

 

“Hace unos cuantos días que la noto apagada, casi triste. Eso sí, le sienta la tristeza. Le afila los rasgos, le pone los ojos melancólicos, le hace más joven aún”.

 

“Cuando hacíamos el amor, parecía que cada duro hueso mío se correspondía con un blando hueco de ella, que cada impulso mío se hallaba matemáticamente con su eco receptor”.

 

“Usted tiene todas las condiciones para concurrir a mi felicidad, pero yo tengo muy pocas para concurrir a la suya”.

 

“Tal vez no me apartaría ni un milímetro de mi centro de sinceridad, si le dijera que lo que estoy buscando denodadamente es un acuerdo, una especie de convenio entre mi amor y su libertad”.

 

“Pero, en definitiva, ¿Qué es Lo Nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a los otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa, ni –menos que menos- un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad”.

 

“Dijimos que lo tomaríamos con calma, que dejaríamos correr el tiempo, que después revisaríamos la situación. Pero el tiempo corre, lo dejemos o no, el tiempo corre y la vuelve a ella cada día más apetecible, más madura, más fresca, más mujer”.

 

“Naturalmente, no es la primera vez que besa. ¿Y eso qué? Después de todo es un alivio volver a besar en la boca y con confianza y con cariño”.

 

“La gente acaba por lo general sintiéndose desgraciada, nada más que por haber creído que la felicidad era una permanente sensación de indefinible bienestar, de gozoso éxtasis, de festival perpetuo”.

 

“De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la dicha”.

 

“Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado, con esa intensidad”.

 

“Yo no puedo ser uno de esos tipos que andan siempre con el corazón en la mano. A mí me cuesta ser cariñoso, inclusive en la vida amorosa. Siempre doy menos de lo que tengo. Mi estilo de querer es ése, un poco reticente, reservado al máximo sólo para las grandes ocasiones”.

 

“No hay diversión, no hay espectáculo que pueda sustituir lo que disfrutamos en ese ejercicio de la sinceridad, de la franqueza”.

 

“Con Avellaneda, el sexo es (para mí, al menos) un ingrediente menos importante, menos vital; mucho más importantes, más vitales, son nuestras conversaciones, nuestras afinidades”.

 

“Ya sé ahora que mi soledad era un horrible fantasma, sé que la sola presencia de Avellaneda ha bastado para espantarla, pero sé también que no ha muerto, que estará juntando fuerzas en algún sótano inmundo, en algún arrabal de mi rutina. Por eso, sólo por eso, me apeo de mi suficiencia y me limito a decir: ojalá”.

 

“Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo”.

 

“Padecen la más horrible variante de la soledad: la soledad del que ni siquiera se tiene a sí mismo”.

 

“Si bien mi corazón ahora se siente generoso, alegre, renovado, sin ella volvería a ser un corazón definitivamente envejecido”.

 

“Posiblemente me quisiera, vaya uno a saberlo, pero lo cierto es que tenía una habilidad especial para herirme”.

 

“Creo que en esto sentimos igual. Tenemos imperiosa necesidad de decírnoslo todo. Yo hablo con ella como si hablara conmigo mismo; en realidad, mejor aún que si hablara conmigo mismo. Es como si Avellaneda participara de mi alma, como si estuviera acurrucada en un rincón de mi alma, esperando mi confidencia, reclamando mi sinceridad”.

 

“A veces pienso que Avellaneda es como una horma que se ha instalado en mi pecho y lo está agrandando, lo está poniendo en condiciones adecuadas para sentir cada día más. Lo cierto es que yo ignoraba que tenía en mí esas reservas de ternura”.

 

“Hasta el deseo se vuelve puro, hasta el acto más definitivamente consagrado al sexo se vuelve casi inmaculado. Pero esa pureza no es mojigatería, no es afectación, no es pretender que sólo apunto al alma. Esa pureza es querer cada centímetro de su piel, es aspirar su olor, es recorrer su vientre, poro a poro. Es llevar el deseo hasta la cumbre”.

 

“El mundo también se detiene a veces a contemplarnos, con una mirada que también puede llegar a ser diagnóstico y desahucio”.

 

“Murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo”.

 

“Entonces vi mi inmunda soledad, eso que había quedado de mí, que era bien poco”.

 

“Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos”.

 

“Me atraían sus ojos, su voz, su cintura, su boca, sus manos, su risa, su cansancio, su timidez, su llanto, su franqueza, su pena, su confianza, su ternura, su sueño, su paso, sus suspiros”.

 

“Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor”.

 

“Lo siento no exactamente como un dolor sino como una catástrofe, como un derrumbe, como un caos”.

 

“Hace veinte años se me murió alguien. Alguien que era todo. Pero no se murió con esta muerte. Simplemente, se fue. Del país, de mi vida, sobre todo de mi vida. Es peor esa muerte, se lo aseguro. Porque fui yo quien pedí que se fuera, y hasta ahora nunca me lo perdoné. Es peor esa muerte, porque una queda aprisionada en el propio pasado, destruida por el propio sacrificio”.

 

“Me asusta un poco, ¿sabe?, sentirme sentimental. Lo cierto es que ahora no está y yo me he quedado con esa carga en el pecho, con esas palabras nonatas que hubieran podido ser mi salvación”.

 

“Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más”.

 

“Cómo la necesito. Dios había sido mi más importante carencia. Pero a ella la necesito más que a Dios”.

 

Esther Pineda G

Publicado en Cultura Colectiva, Ciudad de México, Julio 2016. Originalmente con el título “Frases de Mario Benedetti para los que se sienten tentados por el odio”